Alberdi, dramaturgo circunstancial
Una interpretación de nuestro pasado que colisionararía con la versión elitista de los iniciadores de la historia oficial en nuestro país.
Prof. Mario Gercek
En el artículo Alberdi, el hombre del exilio, publicado en esta sección, se abordaron las distintas etapas de su vida, se puso énfasis en su largo exilio y se mencionaron algunos de sus libros que lo acreditan como uno de los pensadores argentinos más destacados del siglo XIX. A propósito Adriana Rodríguez Pérsico afirma: “Domingo F. Sarmiento y Juan B. Alberdi nos legaron dos lenguas, una literaria; la otra jurídica. Acuñadas en el exilio, esas lenguas han consolidado paradigmas interpretativos con los que las generaciones posteriores leyeron la literatura, el derecho y la política” 1. En aquel artículo se mencionó la pieza teatral en un acto “El Gigante Amapolas…”, escrita en 1842 y publicada el mismo año en Montevideo y en Valparaíso. De esta obra me ocupo ahora por su estrecha vinculación con el contexto político de la época. El tucumano incursionó en la dramaturgia solo con dos creaciones, porque las circunstancias de su exilio lo estimularon para exponer sus ideas sobre la etapa inicial de nuestra historia independiente, y sus críticas a otros exiliados por sus errores y mezquindades en la lucha contra Rosas. En el primer caso se trata de un texto inconcluso, Crónica dramática de la Revolución de Mayo. En el segundo, de El Gigante…, cuyo título completo es “El Gigante Amapolas y sus formidables enemigos, o sea fastos dramáticos de una guerra memorable. Es, según Luis Ordaz, “una burlería satírica” 2. María Gabriela Mizraje opina que “es la pieza teatral escrita para combatir a Rosas y para reírse de sus oponentes” 3. En sus Memorias el general Iriarte la caracteriza como una “explicación de nuestras miserias 4. Reitero, el objetivo de Alberdi es el de criticar a los dirigentes argentinos que, en el exilio montevideano, no lograban elaborar un plan coherente para enfrentar y derrotar a Rosas. En Montevideo estos emigrados se habían polarizado en el grupo de los rivadavianos y el de los lomos negros o federales cismáticos. Alberdi, ecléctico, fijó su posición: ni unitario ni federal, argentino. Entendía que había incapacidad política en esos que fueron otrora hombres públicos. La sátira incluye también a algunos jefes militares que en los campos de batalla del Litoral y de la provincia de Buenos Aires incurrían en un exceso de individualismo e improvisación. Lo que sobresale en la obra es el temor exagerado que la sola existencia de Rosas infunde en sus enemigos.
Cuatro Epígrafes por prefacio preceden al texto. Explicitan la intención alberdiana de respetar la verdad y promover la fe en la victoria y la libertad contra la opresión 5. Son los personajes:
Centinela; María; oficial de guardia del Gigante; Capitán Mosquito; teniente Guitarra, mayor Mentirola; sargento; soldados del Gigante; soldados enemigos.
El centinela tiene claro que custodia un enorme muñeco de paja de 2,50 mts. y que los enemigos generan sus propios miedos. El tambor es el esposo de María. Ella le informa que los jefes de las fuerzas enemigas son Mosquito, Guitarra y Mentirola. No hay general porque ninguno de los nombrados quiere ser subalterno; entonces “han convenido que todos deben ser iguales”. María señala que no se trata de un ejército sino de tres, “tan independiente uno de otro que muchas veces se han dado de balazos entre sí”. Oficial. Señala que “Los enemigos no tienen necesidad de que ustedes los derroten; ellos mismos se toman ese trabajo”. Recomienda a sus soldados la inmovilidad más completa: “Aprended del Gigante, que asusta a todo el mundo por el hecho de no hacer nada”. En escena, Mentirola comprueba que Amapolas está inmóvil. No obstante decide retirarse con sus tropas porque entiende que esa inmovilidad indica la enorme fortaleza del ejército del gigante. Igual temperamento adoptan Mosquito y Guitarra. Los tres creen ver un contingente numeroso y bien armado que en realidad no existe. Mosquito no tiene dudas y argumenta: “Ya veo que el gigante es un coloso con fuerzas y que es un disparate aventurar un encuentro con medios tan desiguales”. Irrumpe el sargento Peñálvez. Encabeza un motín contra estos tres oficiales partidarios de una nueva retirada, pues él y los soldados desean presentar combate: “Para pelear los reconocemos como jefes; para disparar, no; no queremos obedecer mandatos medrosos. Bastantes veces hemos huido inútilmente (…) Estamos espantándonos de fantasmas… Lo que hay al frente es un héroe de papel, mujeres en vez de soldados, perros rabiosos en vez de leones, y hombres atados de pies y manos…no somos vencedores porque no queremos serlo…Así, señores jefes: si ustedes quieren guiarnos al combate, estamos prontos; si quieren retirada, ustedes han caducado, ya no son nuestros jefes; pueden retirarse solos. Aquí no hay más jefe que yo, simple sargento, hecho general por la voluntad del ejército, que me ha honrado con la comisión de intimar a ustedes la decisión que acaban de oír”. Ofendidos, los tres cobardes se retiran. El sargento, líder consagrado por sus camaradas, ordena atacar asegurando que “…en menos de pocos segundos habrá desaparecido del suelo de la patria ese miserable fantasmón que ha triunfado hasta aquí por la incapacidad de nuestros jefes…Después de hacer añicos el muñeco muestra sus restos y dice a sus hombres: “Aquí tienen ustedes lo que era el Gran gigante…”. Luego comprueba que el ejército de Amapolas que tanto temor inspiró estaba constituido solo por el tambor y su esposa. En respuesta al entusiasmo de su gente, que lo proclama Libertador de la República, responde: “No, señores: yo no soy grande ni glorioso, porque ninguna gloria hay en ser vencedor de gigantes de paja. Yo he tenido el buen sentido del pueblo…¡Compañeros! La patria ha sido libertada, sin que hayan intervenido libertadores. Saludad las revoluciones anónimas: ellas son los verdaderos triunfos de la libertad” 6. Con este párrafo el autor pone fin a su creación. Muestra a un sargento con admirable sentido común y reivindica el trascendente rol histórico de los actores sociales sin nombre. Con esta valoración Alberdi anticipó en varios años una interpretación de nuestro pasado que colisionará con la versión elitista de los iniciadores de la historia oficial en nuestro país.
Citas:
1 Rodríguez Pérsico, A., Una ficción desilusionada, en Ñ, Revista de cultura, Nº 362, Clarín, B.A., 4 -9-10, p. 9
2 Ordaz, L., Breve historia del teatro argentino, I, B. A, Eudeba, 1962, p. 24
3 MIZRAJE, M. G., Las claves de una rareza, en Ñ, Revista de cultura, ob. cit., p. 8
4 Speroni, M. A., qué fue Alberdi, B-A., Plus Ultra, 1973, p. 137
5 Alberdi, J. B., El Gigante Amapolas…, en Ordaz, L., Breve historia del teatro argentino, ob. cit., p.111.
6 Alberdi, Juan Bautista, ob. cit., p. 112 a 138
El dibujo:
Dibujo del personaje, diseñado y construido por la artista plástica y docente Lidia Pedrosa en ocasión de ponerse en escena esa obra de Alberdi a mediados de 2004. Lilí Muñoz y Mirta Sangregorio (directora general de la puesta) elaboraron la versión dramática. El asesoramiento histórico estuvo a cargo del Prof. Gercek. Lo que en ese momento se denominaba Grupo Experimental Tribu Salvaje hoy es la Fundación artística y Cultural Tribu Salvaje”, presidida por Mirta Sangregorio. Es importante destacar que, mientras Alberdi vivió esta pieza teatral nunca se estrenó.