El mundo de las palabras

Fátima: en la región central de Portugal, a 50 kilómetros del Océano Atlántico, en el municipio de Ourém. El nombre de la ciudad proviene de los tiempos de la ocupación mora: era el nombre de la hija de Mahoma.





En ese preciso lugar, en la loma de una roca, en 1916 tres pastorcitos dijeron y sostuvieron, algunos hasta su muerte, que se les había aparecido primero un Ángel y luego la Virgen María.

Entre 1916 y 1918, Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial. En 1917, estallaba la Revolución Rusa y en Portugal, pequeña nación de 90.000 kilómetros cuadrados al oeste de España, los gobiernos se sucedían, las revueltas eran frecuentes y la economía estaba en bancarrota. Antes, desde 1911, el jefe de Estado, Alfonso Costa, aprobaba la ley que separaba la Iglesia del Estado y anunciaba la eliminación del catolicismo. Y su lema era: “Ni Dios ni religión”.

En esos tiempos vivían los hermanitos Francisco y Jacinta Marto, de 8 y 6 años, y su primita Lucía dos Santos, de 9. En la primavera de 1916 se habían cobijado entre las rocas a causa de la lluvia, cuando se les apareció el Ángel de la Paz. Unos meses más tarde, volvió a aparecer y luego hizo su aparición la imagen de la Virgen en cinco ocasiones distintas. Como un reguero de pólvora corrió la noticia que fue atacada como farsa, aunque muchos sostuvieron que era imposible que esos niños tan pequeños e inocentes mintieran y sostuvieran semejante historia. Unos acusaban a la Iglesia. Otros despotricaban contra los incrédulos. Mientras tanto, la gente común admitía la historia y acudía por miles a Fátima.

El 13 de octubre de 1917, cerca de 70 mil personas se habían congregado: devotos, curiosos, ateos, periodistas, muchos con “la idea de desenmascarar la mentira”. Llovía torrencialmente. Lucía, la mayor, que era la que mantenía los diálogos con la Virgen, anunció la llegada de la Señora. Los tres pequeños levantaron sus brazos y el sol comenzó a brillar de manera inusitada. Lucía gritó: “Miren al sol”. Y la gente vio lo que se daría en llamar “el milagro del sol”. El periodista Avelino de Almeida, enviado especial del diario anticlerical O Século (El Siglo), escribió la siguiente crónica: “El astro parecía una placa de plata opaca y era posible mirarlo sin el menor esfuerzo. No quemaba, no cegaba. Prodigio que parecía un eclipse y nos transportaba a los tiempos bíblicos. El sol se agitó con movimientos bruscos nunca vistos, contra todas las leyes cósmicas. El sol bailó…”.

Fue la última de las apariciones.

Desde entonces Fátima se ha convertido en un gigantesco centro de peregrinación y fe. El papa Juan Pablo II lo visitó en 1982, 1991 y 2000, en todos los casos el 13 de mayo al cumplirse aniversarios de cuando, según el propio Pontífice lo expresa, la Virgen intercedió por su vida en el atentado que sufrió en la Plaza San Pedro del Vaticano.

Francisco murió a los 11 años. Jacinta a los 10. Lucía se hizo monja de clausura de las Hermanas de Santa Dorotea y hacia fines del siglo XX, a los 93 años, vivía en un convento en Coimbra, Portugal.

La dramática historia de estos tres niños que dieron origen a uno de los fenómenos sociales, religiosos y de fe más notables de todos los tiempos, está cruzada por el descreimiento de quienes suponen que todo fue armado para combatir la política del momento y muchos que creen con el corazón emocionado lo que los niños contaron y repitieron con pasmosa serenidad y coherencia. En la serenidad de los padres y los propios hermanitos frente a su temprana muerte se refleja uno de los episodios de mayor hondura en la historia de la fe y en los centenares de miles de peregrinos que todo el año visitan y rezan en la gigantesca Basílica levantada en homenaje a la Virgen María, donde yacen Francisco y Jacinta.

Como quiera que sea interpretado, el drama humano adquiere una profunda intensidad cuando se rememora la tragedia o la mística felicidad que envolvió a los niños.



Fuente: Luis Melnik “Diccionario Insólito”

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