JUSTICIA, RECONOCIMIENTO, EMANCIPACIÓN


El reciente II Congreso Uruguayo de Filosofía que tuvo lugar en Maldonado fue un rico foro de intercambio en el contexto de nuestros Bicentenarios, donde se cuestionaron categorías y enfoques para pensar la identidad,  la política  o para replantear críticamente las formas de injusticia y opresión y comprometer nuestra tarea filosófica en el presente.

Por Daniela Godoy

Nuestro pensar situado en Latinoamérica puede naturalizar el orden social vigente o bien puede hacer visibles nuestras múltiples sujeciones  para que pueda emerger una identidad como proceso,  siempre en curso.[1]

¿Han desplazado las demandas de reconocimiento cultural, genéricas, étnicas, a las luchas por la redistribución de la riqueza? Aparentemente es un dilema que tensa la reivindicación de intereses y demandas “ïdentitarias” con aquellas consideradas netamente políticas: justicia social, redistribución de bienes, etc.

Hoy vivimos el desajuste de sistemas de representación política, la irrupción de nuevos movimientos sociales, actores y actrices que con mirada crítica y no totalizante –porque el individuo racional que se impuso como universal  arrasó con la alteridad negando culturas y modos de vida, expoliando bienes y vidas, construyendo relatos únicos – procuran encontrar nuevos caminos que conjuguen el respeto en la diversidad con el combate a la explotación.  Distinguir entre injusticias culturales o socioeconómicas es un paso analítico, porque en realidad se refuerzan mutuamente, al punto que no es posible deslindar cuál de ellas es causa o efecto de la otra.[2]

El ideario moderno está fuertemente cuestionado. Su fundamento, el individuo autónomo, libre, varón, blanco, propietario, europeo, se erigió como sujeto universal; la igualdad se tradujo en imposición de valores, caracterizando como bárbaro todo aquello ajeno al proceso modernizador capitalista, negando al mismo tiempo a las culturas premodernas, desvalorizando y explotando a la población mestiza, negra, a las mujeres. Nuestras naciones se configuraron en base a identificaciones inerciales, funcionales al orden mundial, enfrentando constantemente identidades revolucionarias o intentos de constitución de un “nosotros” que implique diversos nosotros. [3] El desafío es crear un mundo desde las diferencias y desde la igualdad como principio  -no como horizonte- de todxs[4] y de cualquiera.

Replantear entonces el problema del reconocimiento es rever las identidades impuestas y cerradas. Lógica que Rancière[5] llama policía, que pone a los cuerpos en su lugar de acuerdo con sus propiedades, según su nombre o ausencia de nombre, en su espacio de visibilidad/invisibilidad, dando a cada uno la parte que le corresponde según la evidencia de lo que es. A este modo del ser-juntos humano se contrapone en el desacuerdo, la política, pues suspende esta armonía por el simple hecho de actualizar la contingencia de la igualdad de unos seres parlantes cualesquiera. La política no es el juego de la representación ni el consenso.[6] Se expresa en prácticas desidentificatorias que alteran la distribución de las partes, y presuponen la igualdad que se verifica polémicamente en cada caso. Procesos de emancipación  que ponen en escena la brecha entre, por ejemplo, “mujer” y “ciudadana”. “Mujer” es el sujeto de experiencia que mide la distancia entre una parte reconocida –la de la complementariedad sexual- y una ausencia de parte. Dijo Olympe De Gouges: “La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; tiene igualmente el derecho a subir a la tribuna”[7].

El movimiento de mujeres  aportó la perspectiva de género como herramienta de análisis. La categoría género permite explicar las relaciones de desigualdad que se entablan entre varones y mujeres a partir de las construcciones que las sociedades hacen de las diferencias anatómicas entre los sexos. Creando discursos acerca de lo masculino y lo femenino e interpretando esas diferencias,  clasifica y coloca a uno de los términos en una posición subalterna en la organización de la vida social.[8]

Una identidad genérica entraña una “esencia” masculina o femenina para distribuir roles y lugares a varones y mujeres, naturalizando la subordinación de éstas en el tejido de relaciones e instituciones sociales, expresadas en símbolos, normas, organización política y en las subjetividades.

Las relaciones de género son relaciones de poder anteriores a emergencia de sociedades centradas en la propiedad privada. Permean todas las relaciones sociales, étnicas o de clase.  La subordinación se construye en la limitación en el acceso a bienes y servicios, a la educación, a la cultura, a la participación política, a las decisiones. Por esto resulta opresiva la distinción entre los ámbitos privado –público, que se presenta como “lo dado” y condena a la mitad de la humanidad a padecer la apropiación de su cuerpo y de sus productos, de su fuerza intelectual y reproductiva,  pacificamente o por la fuerza. Nuestras vivencias anudan distintos tipos de dominación: ser mujer, negra, mestiza, migrante, pobre…

Revisamos y reescribimos la historia –declinada en masculino- en la que estamos ausentes habiendo sido protagonistas[9]. Lo hacemos a partir de huellas fragmentarias, como autoconocimiento valioso para visualizar experiencias comunes. Para comprender y denunciar la violencia, leer críticamente códigos civiles y legislaciones, oponernos a la expropiación del trabajo no remunerado y no valorado como tal[10]. Para lograr la efectivización de derechos – poniendo en juego la relación entre lo personal y lo político – aparecemos  en lo público, corriéndonos del lugar impuesto y creándonos en el hacer. Presuponiendo la igualdad, en busca de la equidad  y de una cultura no patriarcal entre varones y mujeres sin escindir justicia de reconocimiento.

 

PERFIL

Daniela Godoy nació en Gualeguaychú. Cursó el secundario en el Colegio Nacional Luis Clavarino. Egresó como Periodista en la Universidad de La Plata y está tramitando el título de Profesora de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. Comenzó a participar activamente del movimiento de mujeres en 1998 en  la Unión de Mujeres de la Argentina (UMA) y luego otros espacios políticos. Colaboró en el libro “Mujeres que hicieron historia”. Ha trabajado como capacitadora en género y ciudadanía con la modalidad de educación popular. Se ha desempeñado como encargada de prensa de organizaciones. Participa de la primera promoción de la Escuela Sociopolítica de Género de la Secretaría de Extensión Universitaria de la UBA. Realiza talleres de lectura de textos filosóficos y docencia no oficial. Colaboradora de diversos medios, responsable del blog  Calando la piedra, conduce actualmente el programa radial “Remolinos” en Radio Gráfica FM 89.3 de la Ciudad de Buenos Aires, donde reside desde 1991.

 



[1] El filósofo uruguayo Yamandú Acosta distingue entre identificaciones e identidades. Desde la teoría crítica de Arturo Andrés Roig, apela al conocimiento de nosotros mismos como autoconocimiento no ensimismado, que no convalide asimetrías. Este a priori antropológico es condición para el reconocimiento.

[2] Fraser, N. y Honneth, A. (2006) ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico. Madrid: Morata. Para Fraser, las valoraciones institucionalizadas impiden la paridad en la participación y por lo tanto, tienen consecuencias en la dimensión económica.

[3] Para Acosta las identidades efectivas, auténticas, coexisten con las identificaciones inerciales en procesos conflictivos y nunca acabados. El filósofo Alejandro Cerletti, por su parte, se refirió a las identidades “dinámicas” frente a las “fijas” o “estáticas” en relación a los conceptos circulantes en el discurso filosófico contemporáneo.

[4] Utilizo la “x” como convención en ruptura con los genéricos en masculinos que subsumen dos categorías supuestamente complemetarias en una de ellas.

[5] Ranciére, Jacques, Ranciére, Jacques, “El desacuerdo”, Política y Filosofía, Ed. Nueva Visión, Bs. As., 2010. Aquello que es objeto de desacuerdo se sitúa en los lugares donde la resolución de conflictos depende de la desigual distribución del poder y la fuerza. El sujeto es un in-between, un entre-dos, entre la ciudadanía y su negación, entre el status de humanidad y la inhumanidad, en el cruce de identidades que descansan en un cruce de nombres.

[6] El filósofo Enrique Del Percio, en su ponencia “Fraternidad y Conflicto”,  abordó críticamente aquella filosofía política que olvida que el conflicto es constitutivo de la vida humana en sociedad. Alrededor de la fraternidad, como Caín y Abel o Rómulo y Remo,  todas las culturas cuentan con relatos acerca de la lucha entre hermanos. Negar el conflicto es negar al otro.

[7] Rancière formula esta demostración polémica en las siguientes palabras: “¿Una francesa es un francés?”

Olympia de Gouges participó  activamente de la revolución francesa; asumió la defensa de María Antonieta. Escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana entre julio y septiembre de 1791, la cual propuso a la Asamblea Nacional. Llevada ante el tribunal revolucionario sin defensa, fue guillotinada en 1793.

 

[8] Scott, Joan, “El género: una categoría útil para el análisis histórico” en “Historia y Género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea”, Amelang y Nash Eds, Valencia, 1990, Ediciones Alfons El Magnanim

[9] Vitale, Luis “La Mitad Invisible de la Historia” Ed. Sudamericana Planeta, Bs. As., 1987. Este historiador  afirma que debe agregarse un estudio del patriarcado que excluyó a las mujeres de derechos civiles y políticos y que no puede dar cuenta de la contribución productiva de las mujeres, las no consideradas en una historiografía hasta ahora mayoritariamente androcéntrica.

[10] Barrancos, Dora. “Inclusión/Exclusión. Historia con Mujeres”, FCE, Bs.As., 2002

Comentarios