Los que viven para contarlo: el relato de los sobrevivientes a trágicos accidentes

La muerte de dos jóvenes de Gualeguaychú en un accidente de tránsito ocurrido el fin de semana anterior abrió la polémica, ¿defectos en el diseño de la trama vial o hay negligencia a la hora de conducir? Víctimas de hechos similares coinciden en que los siniestros se producen por errores humanos.

Carlos Riera, Mónica Farabello, Rubén Skubij y Guillermo Navarro

El jueves 18 de enero de 1996 no es una fecha más en la vida de Darío Bacigalupo. A sus 22 años sufrió un brutal accidente en el que por poco pierde su vida y lo obligó a permanecer en una cama durante nueve meses.

Darío había logrado comprarse una moto Honda 250cc, la cual estaba de moda en ese momento y según reconoció este joven en aquel momento, circulaba con un exceso de velocidad.

“Me dirigía a cambiarme la ropa a la casa de mis padres, a tres cuadras de donde ocurrió accidente”, relató Darío sobre lo último que recuerda de esa mañana cuando se produjo el accidente. “Venía por calle España y cuando estoy llegando a calle Doello Jurado, que corría al revés en aquel tiempo, nos encontramos con una camioneta que repartía sodas y agua con un exceso de velocidad”, rememoró.

Por aquel entonces no era obligatorio el uso del casco en la ciudad y los motociclistas como Darío no estaban acostumbrados, salvo cuando se salía a la ruta. Como este joven venía de Los Pinos, traía colocado el casco que le cubría su cabeza en su totalidad.

Por esa época era el furor de las motos de alta cilindrada, se estaba en el apogeo de las importaciones y las motos como las que había comprado Darío no estaban excluidas. No eran caras y se financiaban a largos plazos, pero esto trajo aparejado que creciera el parque de motos con estas características en Gualeguaychú y por ende comenzaron a producirse accidentes más complicados.

“La camioneta me choca y me destroza la pierna izquierda y salgo volando con la inercia de las dos velocidades, pego con el casco en una cabina telefónica que había en esa época instalada sobre calle Doello Jurado y luego reboto contra un árbol que me rompió toda la parte de intestinos”, explicó Darío y aclaró que en ese momento viajaba solo porque en San Martín y España había bajado a su compañera.

A partir de ese momento, Darío y todos los médicos que lo atendieron iniciaron una batalla contra la muerte que duró varios meses. Luego del accidente, fue trasladado en un gravísimo estado al Hospital Centenario, que según este joven, fue donde le salvaron la vida con lo poco que se tenía.

Darío estuvo internado durante 15 días en Terapia Intensiva, luego fue llevado a Terapia intermedia y posteriormente trasladado al Hospital Italiano en Buenos Aires, donde permaneció 17 días más en cuidados intensivos. Explicó que en Gualeguaychú no había la tecnología necesaria para la alimentación intravenosa, “la máquina no daba las calorías que yo necesitaba” y por ello se decidió el traslado.

Este joven tenía quebradura expuesta, había tenido ocho transfusiones de sangre, dos paros cardiorrespiratorios, la situación era grave. Darío sufrió 16 operaciones en total a lo largo de su recuperación.

“A fines de marzo me derivaron a mi casa porque en realidad lo único que debía hacer era estar quieto porque yo no tenía movilidad de la cintura para abajo y durante nueve meses estuve en la cama postrado. Como no era necesario estar internado, me llevaban en ambulancia a Buenos Aires cada vez que me hacían una internación, después me trataba un médico acá”, contó.

Darío tomó conocimiento de lo que le había ocurrido, al cuarto día de estar internado en el Hospital Centenario. Lo último que recuerda fue haber dejado a su compañera cuatro cuadras antes del accidente, de allí en más no tiene memoria.

“A mí me despertaron para dos cosas, una para la declaración testimonial por parte de la policía para la Justicia, de cómo había ocurrido el accidente, y por otro lado para que el párroco de mi iglesia me diera la extremaunción, recién ahí me doy cuenta o me hacen ver dónde estaba, de lo cual no tenía ni idea la gravedad que tenía”, señaló.

Darío contó que en el accidente reventó el bazo y gracias a que pudo expulsar la sangre no murió. Además por poco no le amputaron la pierna donde sufrió la fractura expuesta y la pérdida de masa muscular, aunque debió permanecer con la herida abierta durante un tiempo.

El accidente ocurrió a tan solo tres cuadras de la casa paterna de Darío, pero sus padres no se encontraban en Gualeguaychú, disfrutaban de unas vacaciones que se acabaron con un llamado telefónico. “Mi viejo no pudo manejar, tuvo que venir en un auto alquilado, le dijeron que era urgente porque había operaciones que hacer, necesitaban su autorización y el asunto era grave por supuesto”.

Le informaron que había sufrido dos paros cardiorrespiratorios, perdió el bazo, operación de intestino, quebraduras expuestas en una pierna, quebraduras internas en la otra, problemas en el pulmón, corazón, intestino, “al accidente no lo tiene una sola persona, sino que también lo tiene todo su entorno porque es mucho lo que sufre la familia”.

En el Centenario le salvaron la vida
Darío es un gran agradecido a todo el accionar médico pero destaca por sobre todo lo que hizo Roberto Francisco Altuna, que se encontraba a cargo del Hospital Centenario en ese momento, “fue el eje para salvarme”.

Según Darío, Altuna realizó “inventos” para salvarlo. “En el Hospital Italiano me sacaban fotos de las cosas que habían hecho en el Centenario para solucionar en el momento, por ejemplo, para no abrirme y cerrarme la panza a cada rato decidieron dejarme abierto y colocarme una malla que contiene los intestinos pero como esa malla no estaba en la ciudad y lo más cercano era Paraná, Altuna hizo comprar una media de red de mujer, la hizo esterilizar y le colocaron unos botones de saco y con eso suplantaron el problema para llegar hasta el Hospital Italiano”, comentó.

Además contó que en la Capital Federal se sorprendían de estos inventos desesperados y escribían crónicas de cómo se salvan vidas en el interior del país con lo que se tiene, fuera de la medicina tradicional. “Eso lo podían hacer determinadas personas, con el carácter, la inteligencia, el atrevimiento y el coraje necesario, los que llevan la medicina adentro. Años después me contó una enfermera que Altuna estaba a los gritos en el quirófano en la primera operación que me hicieron, tratando desesperadamente de salvarme la vida cuando daba esperanzas de vida porque el cuadro era muy lamentable”.

“Al accidente no lo tiene una sola persona, sino que también lo tiene todo su entorno”

Fue tanto lo que se hizo en Gualeguaychú y tantos los médicos que intervinieron que sería muy extenso relatar las peripecias que se hicieron pero a tal punto llama la atención que una eminencia de la medicina como Carlos Sancineto, que atendió a Darío y posteriormente fue Director del Italiano, reconoció que el trabajo realizado en el Centenario le salvó la vida.

La recuperación fue un tema aparte porque debió aprender a caminar de vuelta. Al igual que en las películas, Darío debió atravesar por la silla de ruedas, las barras, a mover sus piernas de forma muy lenta, “la cabeza no sabía manejar cual era una y cual la otra”, andador, muletas, fue todo un proceso.

La secuela más importante pero poco notable, es que su pierna izquierda tiene una diferencia de 2,8 centímetros con la derecha. Aquí hubo mucho de fortuna porque a raíz de la fractura que sufrió se debieron cortar los huesos y la diferencia que había era de 8 centímetros, pero las puntas se rechazaban y se formó una callosidad ósea que le permitió reducir los centímetros.

Una advertencia espantosa
Hay un dicho que dice: “si no puedes ser un buen ejemplo, debes ser una advertencia espantosa” y esto se adapta muy bien a Darío. Hoy tiene 39 años, es padre de una niña de 5 años y junto a su mujer esperan la llegada de su segundo hijo.

Darío llegó a la entrevista con el casco que le salvó la vida, ese casco es la advertencia espantosa para aquellos que creen que nunca les va a pasar nada. Junto a la Dirección de Transito han recorrido colegios mostrando a sus alumnos el terrible estado en que quedó el casco luego del impacto y con él realizan muestras de qué hubiera pasado si no lo llevaba puesto.

“Yo no puedo decir que soy ejemplo de nada porque tenía exceso de velocidad en ese momento, cuando surge el tema de la Estrella Verde que ACIVERJUS quiere colocar, en vez de poner mi nombre era preferible poner un mensaje ‘El Casco salvó mi vida”, indicó.

-¿Si tus hijos te piden una moto el día de mañana, qué les decís? – “Acá está el casco”, respondió rápidamente señalandoló.  

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El chofer del milagro de Ruta 14

El 22 de septiembre de 2011, Ramón Deangelo, chofer de un colectivo escolar, sufrió uno de los peores momentos de su vida. Con 25 chicos de entre 14 y 17 años sobre el micro, un camión brasilero lo impactó desde atrás. El colectivo salió de la ruta, volcó y terminó a unos cuantos metros de la banquina.

Es inevitable para Ramón comenzar a hablar del tema y que sus ojos no se llenen de lágrimas y que su voz se quiebre con una profunda emoción. El accidente fue hace nueve meses, y las secuelas todavía persisten en los alumnos de la Escuela Nº 22 de Sarandí.

“El milagro de la Ruta 14”, como fue titulado, fue causado por un error humano. El chofer de un camión brasilero, habría reconocido haberse dormido, por lo que perdió el control del rodado, impactando desde atrás al colectivo.

En diálogo con elDía, Ramón contó que “eran las 12, yo iba con medio micro en la banquina y con la baliza puesta porque a  30 metros tenía dos nenas que estaban con los padres esperándome; ya venía frenando, y sentí la explosión cuando se levantó el colectivo y cayó de punta”.

“Si me hubiese pasado a mi solo, no me importa, pero me pone triste saber que tantos chicos están tristes por lo que pasó”.

Me pegó de atrás, me arrancó medio micro desde la banquina; ellos reconocieron que fue su culpa y el chofer que se había quedado dormido”. Expresó Deangelo.

“Entre gritos y vidrios”
Varios chicos salieron despedidos por las ventanillas de los costados. Manuela, de 14 años quedó atrapada debajo de una de las ruedas y hasta el momento tiene clavos en la zona de su tobillo; fue una la última en ser rescatada. Además, Joaquín, otro de los alumnos sufrió lesiones en la columna, mientras que Ramón soportó tres costillas quebradas.

“Yo paso todos los días y es muy duro para mí; pero tengo que seguir trabajando. Si me hubiese pasado a mi solo, no me importa, pero me pone triste saber que tantos chicos están tristes por lo que pasó”, cuenta Ramón, tragándose las lágrimas.

La atención del personal del Hospital fue destacada por el chofer que recuerda haber sido muy bien atendido.

Después del accidente, y de la recuperación de todos se retomaron las actividades. “Hablamos el primer día con los chicos, pero después acordamos que no íbamos a seguir hablando porque tenemos que seguir adelante”.

Ramón Deangelo considera que los “accidentes se producen porque la gente maneja muy mal y no respetan nada. Todos andan fuerte y piensan que no les va a pasar nada, pero termina pasando”.

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Sebastián circulaba alrededor de 40 km por hora con la coupe Chevy de su abuelo y frente a la plaza de Los Niños sufrió un grave accidente en febrero de 2011

“Me accidente con un auto muy querido”
El 19 de febrero de 2011 Sebastián Farabello sufrió un grave accidente en la curva frente a plaza de Los Niños. Era fin de semana, horas de mucho calor por lo que la zona estaba vacía, la gente disfrutaba de las playas o de un merecido descanso.

Sebastián, con 29 años, después del mediodía decidió pasear con el auto de su abuelo por la costanera. Pero algo sucedió y la tragedia lo alcanzó.

“Alrededor de las 2 la tarde venía despacio charlando con un amigo, Maximiliano. Doblo en la curva y cuando acelero al parecer había arenilla y el auto se cruzó entero, quedó mirando para la derecha. Intenté corregirlo, enderezarlo pero se fue de costado, me pegué contra un árbol”, recordó.

El auto no era cualquiera, “se trata de una coupé Chevy modelo 73 de mi abuelo, un auto muy querido; estaba guardada en el garage mucho tiempo, alrededor de 12 años, y con las cubiertas muy secas. Lo miraba y mis ganas era sacarlo un ratito. Claro, no tuve en cuenta sus condiciones por lo que a los 15 minutos me accidenté”.

Producto del fuerte impacto salió despedido por el parabrisas, “lo rompí con la cara y por eso tuve muchísimos cortes al igual que en la cabeza y cuello. Maxi se golpeó la cabeza contra el parante de la puerta y perdió el conocimiento por varios minutos”.

Sebastián estuvo conciente, “me paré y le dije a los primeros que llegaron que asistieran a mi amigo, luego me senté en el piso con pérdida de mucha sangre”, relató. La ambulancia demoró mucho y la hemorragia continuaba, “no me quedó casi nada de sangre”, enfatizó.

Estuvo internado un día entero: “me pusieron 50 puntos en diferentes partes del rostro y luego un mes y medio en recuperación. No podía hacer fuerza, estar en el sol o agacharme, todo era dificultad”, reconoció.

¿Qué lección te dejó lo que pasó?

-Que es demasiado fácil matarse, nos creemos indestructibles y que somos los mejores manejando; que en la ciudad estás más seguro. Nada que ver, la posibilidad de lastimarte está al lado.

Es muy fácil lastimar a otro porque el día que tuve el accidente en la placita había una familia sentada en los bancos, si el auto salía para allí podríamos estar lamentando muchas cosas peores. La fuerza con la que uno sale despedido en un choque es increíble, no te podés manejar ni defender de nada.

“Manejo con cuidado”
El joven, hoy con 30 años y padre de dos niños, aclaró a elDía que “siempre manejé con cuidado y prestando atención. Ese día tenía mucha alegría porque manejaba el auto de mi abuelo, no se qué pasó”.

Aprendió a conducir a los 11 años viendo a su papá y también recibiendo instrucción de él. “Manejo de todo y, fijate, choqué a los 29”, reconoció. “Fue el primero y espero que sea el último”.

Papá me dijo lo mismo que yo pensaba: “sos un b…; viste lo fácil que es, el poquito tiempo que te lleva romperte. Ojala que aprendas ahora y que tengas cuidado”. Es un hombre que maneja un camión desde hace muchos años.

Mamá me cuidó y me mimó pero me recordó que tenía dos criaturas que esperaban a su papá, eso no me olvido más.

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“Estuve dos años con ayuda psicológica para poder llevar adelante el accidente”
Cristina de Mondragón sufrió un accidente mientras viajaba a Corrientes en un colectivo de larga distancia. A raíz de ello, su conductor falleció y más de 20 personas sufrieron heridas y traumatismos de consideración.

El choque se produjo en el ingreso a Concordia, a poco más de cuatro horas de la partida desde Gualeguaychú.

Nueve años más tarde, Cristina no puede evitar emocionarse y que su voz se quiebre al relatar el momento. “Un accidente es un antes y un después y te afecta mucho en lo emocional”, adelantó en el inicio de la entrevista, mientras muestra las cicatrices que quedaron en sus piernas.

“Tengo nueve tornillos y una plaqueta en las piernas”, comentó. Todas las personas que pasaron por esta experiencia, recuerdan la fecha como si fuese su cumpleaños, y algunos, hasta lo toman como su segundo nacimiento.

“El accidente fue el 6 de junio de 2003, cuando viajaba a Corrientes a visitar a mi hijo que estudiaba en la Facultad de Veterinaria. A las 19 tomé el colectivo en la Terminal y el accidente se produjo a las 23.30 aproximadamente”, indicó Cristina.

“Lo que recuerdo es que fue en la entrada a Concordia y lo que pasó fue que antes hubo otro accidente, a la altura del Puente Yuquerí. Dos horas antes, un auto intentó esquivar a un carrito con un caballo que iba sobre el puente, y al cambiar de vía, chocó de frente con otro vehículo”.

A raíz de esto, el tránsito estaba frenado en el lugar y aparentemente, en el peaje nadie advirtió a los conductores sobre lo que estaba sucediendo sobre la ruta. Tampoco se dispusieron balizas para señalizar que el tránsito estaba frenado y que esto requería mayor precaución.

Cristina aseguró que todos estos factores “y tal vez algo que le haya pasado al chofer”, terminaron por provocar el choque del micro con la parte trasera de un camión que se encontraba detenido.

Además, recuerda que sintió “un golpe fuerte y todo fue oscuridad, gritos, yo no sabía bien lo que pasaba. Sentía la desesperación de todos por querer bajarse y cuando yo me quise parar de mi asiento 26, perdí el conocimiento”.

“Un accidente es un antes y un después en la vida de cualquier persona, porque te afecta emocionalmente y además modificó a toda la familia”.

“Después recuerdo el perfume de una persona, y una voz que me decía, ‘quédese tranquila señora que ya la vamos a sacar’. Yo no me había dado cuenta, pero por el aprisionamiento con el asiento de adelante, tenía las dos piernas quebradas, un hematoma en el ojo, un corte en el labio y una fractura en el malar, y varias heridas cortantes en las piernas”.

Al otro día, Cristina fue sometida a una operación para reconstruir su boca. Fue una de las últimas en ser rescatadas del interior del colectivo, ingresando al Hospital de Concordia cerca de la 1 de la madrugada. “Recuerdo que había poco personal, pocos enfermeros y yo estuve en una camilla en la sala de guardia como hasta las 4; luego me llevaron a una sala”.

Estuvo internada dos días, después la trasladaron a Gualeguaychú y quedó internada en el Centro Médico San Lucas. “Gracias al doctor Luis Emilio De Zán, yo estoy bien. Él me operó las piernas; estuve tres meses acostada y boca arriba, pero el doctor iba todos los días a verme y revisarme, fue una atención para agradecerle”, aseguró Cristina muy emocionada.

“Un accidente es un antes y un después en la vida de cualquier persona, porque te afecta emocionalmente y además modificó a toda la familia. Mi hija tenía miedo de viajar a Concepción del Uruguay en colectivo y yo sufría mucho cuando mi hijo se iba a Corrientes en colectivo. También me pasaba de estar llamándolos por teléfono todo el tiempo a ver si habían llegado bien o si alguno iba a algún lado y se demoraba un poquito, yo me ponía a llorar porque pensaba que les había pasado algo, y encima estaba en cama sin poder moverme”.

Nueve años después, Cristina se encuentra entera, pero asegura: “estuve dos años con ayuda psicológica para poder llevar adelante el accidente que tuve, pero siempre queda el miedo”.

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Giambroni chocó al caballo con la parte delantera derecha de su Peugeot 504, el equino rompió el parabrisas, pasó por el techo y cayó sobre la cinta asfáltica

“Me estalló el cráneo, de la boca para arriba se rompió todo”
Mario Giambroni es un vecino que se dedica a la representación en Entre Ríos y provincias limítrofes de una importante editorial que comercializa textos para escuelas. Hace 12 años protagonizó un accidente en el acceso sur a Gualeguaychú. Sufrió alrededor de 30 fracturas en el cráneo y la cara, fisuras en las vértebras del cuello y un importante edema cerebral. Pero vive para contarlo.

El accidente ocurrió el 21 de julio del año 2000, alrededor de las 20. La causa: impactó con su auto (un Peugeot 504) contra uno de los cuatro caballos que se encontraban sobre su carril de circulación, en el acceso sur.

Giambroni contó a elDía lo ocurrido: “venía de Buenos Aires entrando a Gualeguaychú por el acceso sur, luego de haber parado a cargar gas en la estación de servicios Rhasa de ruta 14. Pasando el Parque Industrial, al llegar a una lomada, me encontré con cuatro caballos sobre la ruta; pegué el volantazo hacia la banquina contraria pero no pude evitar chocar a uno de los animales”.

Recordó que pese a la violencia del impacto, bajó del auto y se acercó al equino “para ver cómo había quedado y hasta pensé en seguir camino, pero dos personas que pasaban en un vehículo me lo impidieron y me dijeron ‘no viste como esta el auto’, se ve que estaba nock out; a simple vista tenía sólo un corte en la frente que sangraba un poco, y nada más, incluso cuando me llevaron en la ambulancia hasta el hospital iba sentado en la camilla y hasta pude llamar desde el celular a mi señora para avisarle que iba a demorar mi llegada porque había chocado un caballo y me había lastimado y sangraba”. “Desde ahí no me acuerdo más nada, cuando desperté estaba en la terapia intensiva del sanatorio Cometra”, dijo.

Si bien exteriormente sólo se le veía un corte en la frente, las lesiones sufridas por el hombre fueron muy graves. “Me estalló el cráneo, sufrí alrededor de 30 fracturas, de la boca para arriba se rompió todo”, describió y agregó que “se fisuraron las vértebras del cuello”.

“Un cirujano de Cometra, cuando vio mis radiografías de la cabeza dijo que en los años de profesión que llevaba jamás había visto algo igual; pensó que me moría”

Giambroni recordó que pese a tener tantas fracturas internas “en los segundos después del accidente, cuando bajé del auto, no sentía ningún dolor, como que no me había pasado nada”.

La recuperación le llevó un par de meses aunque estuvo varios más sin trabajar porque los huesos debían soldarse y además tenía un edema cerebral que debía ser controlado.

“Pudo haber sido peor, no me maté de casualidad” aseguró y contó que “un médico cirujano de Cometra, cuando vio mis radiografías de la cabeza no quiso entrar a terapia a verme y dijo que en los años de profesión que llevaba jamás había visto algo igual y pensó que me moría porque una de las fracturas del cráneo abarcaba de lado a lado y la parte de arriba se había girado”.

A 12 años del accidente que casi le costó la vida, Giambroni demuestra una gran fortaleza física y anímica que le permitieron superar la mala experiencia. “Actualmente lo único que siento es una parte del cuero cabelludo insensible y a veces tengo algunos dolores que se pasan rápido”, señaló.

“Por suerte no me quedó ninguna secuela psicológica de tener miedo a la ruta, de hecho viajo por razones de trabajo casi todos los días de día y de noche”, precisó pero aseguró que le genera “mucha rabia” cuando ve animales sueltos tanto en las rutas como en las calles de la ciudad. “El accidente me hizo ser más conciente cuando veo un animal suelto”, remarcó.

“Nadie respeta las leyes”
Por otra parte, el entrevistado fue crítico con la manera que se conduce en la Argentina y sentenció que “el principal problema es que nadie respeta las leyes de tránsito, pero porque las mismas no se condicen con la realidad”.

En ese sentido explicó que “muchas veces te encontrás con carteles de límite de velocidad máxima en zonas donde solo ves campo, y a esa señal nadie la respeta entonces las rutas están llenas de cartelitos tramposos para que después se pare la camionetita a cobrar multas y eso provoca que le vayamos perdiendo el respeto a las señales de tránsito”.

Y agregó: “cuando uno conduce sabe lo que hace, elige a qué velocidad hacerlo, cómo hacerlo, por donde andar; por eso las causas de los accidentes son fallas humanas en el 98% de los casos y hay choques que son inexplicables”.

 

La opinión de los lectores
Una encuesta realizada en la página de elDía en Facebook dio como resultado que más del 80% del total de los participantes opinó que “los accidentes se producen por imprudencia de los conductores (manejar con exceso de velocidad o en estado de ebriedad”.

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