Maratón de lectura


La reconocida autora analiza un término que resulta poco adecuado a una actividad intelectual que lo que menos necesita es hacerse con apuro.

Por Raquel Barthe

Desde hace algún tiempo se han puesto de moda las “maratones de lectura” y aún no entiendo a quién y por qué se le ocurrió un título tan extraño para una actividad que, supuestamente, está destinada a incentivar la lectura para recuperar lectores o para que se formen nuevos lectores. ¿De dónde sale este nombre que tan poco tiene que ver con la lectura? Porque una maratón es una competencia de resistencia donde gana aquel que “hace más en menos tiempo”, entonces infiero que, enfocado a la lectura, quienes participan tendrán que leer la mayor cantidad de libros en el menor tiempo posible. En definitiva, una lectura veloz y apurada, que solo queda en la superficie del argumento, sin penetrar en niveles más profundos.

Sin embargo la lectura, esa que nos da placer, esa que realmente nos abre la mente y nos ayuda a pensar con mayor profundidad, esa que nos enriquece y nos permite crecer, es la que hacemos en soledad, en un ambiente tranquilo y acogedor, en medio del silencio y sin prisa, donde nos sentimos dueños del tiempo y con libertad para elegir el libro que queremos. Podemos leer despacio, saboreando cada palabra, con la posibilidad de leer y releer, volver atrás cada vez que queramos, ya sea buscando una comprensión y una interpretación más profunda o para disfrutar de un párrafo bien escrito.

Pero como nunca había participado en una Maratón de Lectura, me intrigaba mucho cómo eran realmente y si tenían algo que ver con la lectura que acabo de describir.

Y, finalmente, tuve la experiencia: el silencio típico que caracteriza una biblioteca no existía, como tampoco el ambiente tranquilo. Los decibeles de los parlantes aturdían y obnubilaban la mente y, en consecuencia, las actividades donde el diálogo era el actor principal era imposible de sostener.

Todo el evento (y empleo este término porque la eventualidad fue la característica principal) se desarrolló en un salón grande, muy bien decorado, donde se habían previsto diferentes rincones para las distintas actividades.

Los cuentos leídos o narrados en alguno de estos espacios, sufrían la interferencia de los anuncios generales que hacían los coordinadores y que amplificaban los parlantes a todo volumen.

También ocurría que se superponían las voces del narrador con la del escritor que intentaba dialogar con sus lectores y así, de esta manera, talleres de escritura se mezclaban con la presentación de algún libro o una obrita de teatro.

No obstante, lo rescatable fue la presencia del libro. Los libros estuvieron presentes para que los chicos pudieran elegir con libertad y leer, aunque el ambiente no fuese propicio.

Fue una maratón sin ganadores o, mejor que eso, con premios para todos porque hubo un final con un libro de regalo para cada participante.

Pero también estuve en otro tipo de maratones, en las cueles la dinámica era diferente: una cantidad de escritores leían sus cuentos a los niños.

Pero no se veía una comunión entre autor y lector, sino una clara intención de vender los libros. Entonces no se respetaban los tiempos de lectura que se extendían más allá de lo previsto con el aburrimiento de los escuchas y falta de espacio para los que aguardaban su turno de lectura.

Una fiesta que llevó mucho tiempo y esfuerzo de parte de sus organizadores y patrocinadores y, a su término, llega el momento de la evaluación: ¿Quién elaboró el proyecto? ¿Fue un trabajo de equipo entre todos los organizadores? ¿Fue el trabajo individual de uno solo al que se sumaron colaboradores?

Lo primero es ver si se alcanzaron los objetivos propuestos y, en todo caso, tratar de determinar las causas por las cuales no se lograron en su totalidad y elaborar nuevas estrategias para continuar el proyecto.

Y, por supuesto, un proyecto de esta índole, establece tiempos a corto, mediano y largo plazo y no se termina cuando finaliza la maratón. Es un proceso que continúa año tras año y que requiere un trabajo previo y otro posterior.

Si el propósito de la maratón fue incentivar la lectura en niños y adultos, ¿cómo se evalúa si hay más o menos lectores que antes de la maratón? ¿Está contemplada esta evaluación? ¿O simplemente se mide de acuerdo a la cantidad de público que pasó por el lugar?

Además, creo que lo más importante para seguir adelante es determinar qué tipo de lectura es la que hay que incentivar y qué tipo de lectores se espera obtener. Y, ante todo, por qué es importante la lectura: qué leer, quiénes leen, cómo leen, para qué leen y por qué leen.

Mi experiencia de muchos años recorriendo ferias de libros (nacionales, provinciales, comunales o escolares), jornadas de lectura, maratones (o como la moda imponga los nombres que se les den), siempre llego a las mismas conclusiones: demasiado costo, tiempo y esfuerzo para pocos resultados y, en muchos casos, un hacer por el hacer mismo, pero donde falta fundamentación teórica.

Casi siempre se trabaja fomentando el exitismo y la fama farandúlica, que promueve la búsqueda del autógrafo de los escritores, en papelitos sin ningún valor, para después decir que conocieron a un “escritor famoso”, del que nunca leyeron su obra.

Lo más adecuado sería que primero se lea y conozca su obra para luego entrevistar a los autores y poder dialogar con ellos acerca de los temas que solo ellos pueden responder.

Y, como colofón, solicitar la dedicatoria de un libro, que lo transformará en un ejemplar único “del autor al lector”.

Conclusión

Creo que, además de todas las consideraciones expresadas, habría que cambiarle el nombre y hablar de “Fiesta de la lectura y de los libros” (o algo así).

Agosto de 2011

 

PERFIL

 

Raquel M. Barthe nació en Buenos Aires y durante 30 años se dedicó a la docencia. También es bibliotecaria, escritora y editora, graduada en la Universidad de Buenos Aires. Además de escribir, dicta cursos para docentes y coordina talleres de lectura y de literatura infantil, algunos de ellos destinados a todos los interesados en el tema y en producir textos destinados a los niños. También trabaja como agente literaria, especializada en temas de educación y de literatura infantil y juvenil. Desde hace diez años, edita una revista digital dedicada a la literatura infantil y la lectura que se llama El Mangrullo. Esta revista se difunde por suscripción a través de una lista de correo electrónico y además, en Internet en: http://usuarios.sion.com/mangrullo/ El Mangrullo fue galardonado, en el año 2007, con el Premio Pregonero y el Premio Madre Teresa de Calcuta.

 

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