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Ibarra se acerca al final del calvario: ¿culpable o inocente?


 
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En estos tiempos son pocas las contribuciones que el Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra le ha hecho a la credibilidad del sistema. Acosado por la opinión pública desde que ocurrió la tragedia de Cromañón el ex fiscal parece atravesar por las últimas horas de un calvario en el que tuvo responsabilidad.



Por Jorge Barroetaveña


Casi como la excepción que confirma la regla, la campaña para legisladores nacionales de la Ciudad de Buenos Aires nunca necesitó apelar a la tragedia como elemento de debate. Aconsejados por los asesores o bien porque íntimamente sentían que no era lo correcto los candidatos eludieron sistemáticamente hablar del tema. Extrañamente, la tragedia que le cambió la vida a los porteños y modificó el panorama electoral de la vidriera política del país no fue objeto de discusión en una campaña.
Si los candidatos optaron por no meter baza, mucho menos quiso hacerlo el gobierno nacional. Intuyendo hacia dónde van los humores sociales, el Presidente Kirchner, hizo silencio de radio. Es que la administración nacional arrastra un pecado de origen con Ibarra: nunca podrá negar que el apoyo incondicional que le dieron sirvieron para hacerlo Jefe de Gobierno en la segunda vuelta ante Macri en el 2.003. El jueves, los cuatro legisladores kirchneristas que se retiraron del recinto sirvieron para hacer caer el quórum y contribuyeron a la sensación de impunidad.
Los legisladores porteños deberán saber que las leyes les permiten votar de acuerdo a su conciencia, pero no ausentarse del recinto a la hora de hacerlo. La obligación de un legislador es sentarse en la banca representando al pueblo que lo votó y no a los intereses que se muevan detrás de él. Al respecto, un profesor de Derecho Constitucional escribió para el Diario La Nación que
los legisladores, en cumplimiento del mandato conferido por el voto popular, debían debatir y emitir su voto a favor o en contra de la acusación del funcionario. Este es un derecho de los legisladores que surge de los artículos 92 y siguientes de la Constitución de la ciudad, pero también es un deber de los representantes asistir a la sesión y tomar públicamente la decisión.
Las sesiones son públicas, como deben serlo los actos de gobierno en un régimen democrático. Por consiguiente, los habitantes tienen derecho para asistir y presenciar su desarrollo, pero no a entorpecer su desenvolvimiento e impedir que pueda realizarse la sesión”.
Más allá del concepto de lo que significa ser legislador la opinión pública luce dividida cuando se trata de condenar o absolver a Ibarra. El dirigente del desaparecido Frepaso, alguna vez hasta con aspiraciones presidenciales, no sólo hizo una gestión regular al frente de la comuna porteña sino que la coronó con la tragedia más grande de la historia argentina. Por supuesto que no fue Ibarra quién encendió la bengala de Cromañón, ni fue el policía, el bombero o el empleado municipal que se dejó coimear y no controló. Pero sí es el máximo responsable político de una administración que nunca supo cómo desmantelar el aparato de corruptelas que envuelve a las tareas de control de la Municipalidad de Buenos Aires.
Ante esto es probable que la justicia determine que Ibarra no tuvo responsabilidades penales. Por eso, será sólo el juicio político el único encargado de dirimir la otra mitad del debate: hasta dónde llegó la responsabilidad política de Ibarra de lo que pasó en Cromañón.
El lunes, después de los serios incidentes del jueves, los legisladores porteños deberán resolver si avanza el proceso o se rechaza. Los promovedores del juicio sostienen que les falta sólo un voto para conseguirlo. Ellos y los padres deberán comprender que si no lo obtienen habrá que respetar las leyes y acatar lo que disponga la mayoría. El dolor infinito que sienten los familiares de muertos en Cromañón debe ser mitigado con la ley en la mano. Por lento y tortuoso que parezca el proceso.
La actuación del Presidente, pese al silencio de todo este tiempo, derrapó serio esta semana. La foto del electo legislador porteño Eduardo Lorenzo Borocotó con el Primer Mandatario en la Casa Rosada, despertó voces condenatorias, indignación y le echó un poco más de incredulidad al fuego que envuelve al sistema.
Borocotó, que llegó a la banca en las elecciones de octubre, ocupaba el segundo lugar de la lista de PRO, el partido que lidera Mauricio Macri en Buenos Aires. Sorpresivamente y sin siquiera haber asumido la banca, decidió pegar el salto y sumarse a las filas del kirchnerismo. Borocotó tiene todo el derecho de hacerlo si siente que el macrismo no lo contiene o discrepa con sus métodos, pero en lo que le pifió feo fue en el momento elegido para hacerlo: justo con el fantasma de la compra de votos para el juicio a Ibarra dando vueltas por la legislatura porteña. Pero otra cosa es rara: está bien que para muchos las ideologías estén en plena extinción, pero no es para tanto. O Borocotó ha querido dar un ejemplo de lo primero. ¿Es posible imaginar ideológicamente a alguien que viene del macrismo sumarse a las huestes del Presidente?. Quizás si el médico hubiera sido dirigente del ARI no habría provocado sorpresas. “No me gusta el entorno de Macri”, sentenció el profesional. A lo que Rodríguez Larreta retrucó: “es extraño porque lo que él llama ‘entorno’ hace rato que acompaña a Macri. ¿Recién se dio cuenta una vez que consiguió la banca?”.
Desde PRO advirtieron que podrían recurrir a la justicia aunque la vía no parece ser demasiado viable. Las bancas no son de los partidos sino de los legisladores a quienes la gente eligió.

La actitud del Presidente no se entendió. O lo asesoraron mal o debemos pensar que sabía todas las especulaciones que se harían luego. Kirchner no necesitaba verse envuelto en denuncias de compras de votos y en las fuertes acusaciones que familiares de las víctimas le han hecho en las últimas horas. Salvo que su voluntad sea sostener a Ibarra hasta dónde pueda porque lo cree inocente o porque le conviene políticamente. Suena mezquino pero posible.
 
 








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