El pasado 13 de junio en el museo Malba se realizaron las primeras jornadas sobre el escritor al cumplirse setenta años de su nacimiento y dos de su muerte.o
Por Esteba Russell
Para El Día Cultural
El primer panel estuvo compuesto por el periodista y escritor Fabián Casas y Jorge Monteleone, profesor de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Los dos se refirieron a la prosa poética o a la poética narrativa, y a la convivencia de géneros en la obra de Saer.
Monteleone comenzó señalando que la única obra de poesía del autor se llama, paradójicamente, El arte de narrar, uno de los textos fundamentales de la poesía contemporánea. En primer lugar lo que llama la atención es el título que en un primer momento puede interpretarse como una simple ironía, pero que se comprende mejor atendiendo a dos razones: la contundencia que lo vuelve único y la predilección manifiesta de Saer por mezclar los géneros. Tuvimos en la Argentina, según el expositor, cierta tradición que se inició con la mezcla de géneros: Juan L. Ortiz, los ensayos de Borges, algunas de las obras de Antonio Di Benedetto o La Vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, entre otros.
Las narraciones de Saer, señaló, tienen zonas de tal subjetividad que podríamos llamarlas líricas: organizan un espacio conformado por objetos, y cuando éstos son definidos, define a la vez al sujeto que percibe. En estos momentos, señala Monteleone, el tiempo parece “coagularse”, y en esta súbita coagulación de lo real, en ese pliegue del tiempo dado en la sucesión narrativa, -o como Saer lo llamaba, en el “devenir” o en el “acontecer”-, en esos momentos parece que el devenir “redime al sujeto de su condición mortal”. Esto es habitual sobre todo en sus novelas. Por ejemplo en La grande, Gabriela, unos de los personajes, cose un botón y esta descripción va desde la pagina 208 a la 211. Esto que parece una hipertrofia de lo real se vuelve un extrañamiento del acontecer mismo y a la vez va sumando grandeza a la percepción que lo desnaturaliza de toda costumbre y que demuestra en un hecho nimio la absoluta pureza del transcurrir del tiempo. Del tal forma, son momentos que se podrían llamar claramente poéticos...
Fabián Casas, el segundo expositor, algunos puntos:
En primer lugar señaló que Saer fue un escritor imperialista, un escritor antiguo que trabajando todo el tiempo no le importaba escribir para nadie ni escribir para un país; todo eso le parecía una estupidez: los premios, salir a buscar al lector. Por eso hay en Saer un rasgo ético en el que el lector lo tiene que ir buscar a él o el caso parecido que es “crear” a un lector.
En segundo lugar, Saer “siempre escribió dentro de la poesía”. Si bien se preocupó en diferenciar los géneros y de mezclarlos, siempre escribe en poesía, con la respiración de la prosa, pero escribiendo poesía. La novela El limonero real, que para Casas fue “mas bien un limadero real” porque según dijo, le “limó la cabeza”, es un ejemplo de su poesía. Es un libro difícil, incómodo y para Casas la piedra capital de su obra.
Saer ya ha creado influencias, agregó. Trabajando a partir de un núcleo insular, su zona del litoral, se fue expandiendo como una piedra que cae en el agua. El mimetismo, observa Casas, es en ciertos momentos importante. Comenzar a escribir entendiendo el mundo como lo entiende otro autor reconocido a veces anima a nuevos escritores a escribir. En tres escritores Casas ha encontrado la influencia de Saer: Oscar Taborda (tiene un libro que se llama Cuarenta Wats, que es una novela en verso, una de las cosas que Saer quería hacer). Tiene un libro que se llama Las carnes se asan al aire libre; título extremadamente saereano que llega casi hasta el empalagamiento pero que sin embargo logra, manejando esas coordenadas, una variación interesante. Otro escritor es Martín Gambarotta, y un tercero, le parece, es José Villa. Tres muy buenos escritores que sin duda han tomado algo de su obra.
Luego de estos comentarios una bodega que auspiciaba las jornadas invitó al público a degustar unas copas vino tinto. Mas tarde se proyectaron algunos cortos basados en novelas o cuentos de Saer. No los miré, no quise que el director suplantara las imágenes que ya me había inventado con la lectura, de manera que me fui sin verlos (y con unas buenas copas de más).
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