Michael Miller, un investigador estadounidense de la cultura de los alemanes de Rusia, vino a tomar contacto con los descendientes de ese grupo étnico en Entre Ríos, en vista de la producción de un documental fílmico. A su paso por Gualeguaychú, habló con elDia de la peculiar historia de este pueblo peregrino.


Por Marcelo Lorenzo

 

Michael Miller nació y creció en una comunidad alemano-rusa de Dakota del Norte, Estados Unidos. Sus antepasados se instalaron allí, en 1880, provenientes de las aldeas que existían cerca de Odessa, Ucrania.

Es decir tiene el mismo tronco étnico-cultural de tantos descendientes de alemanes que habitan en Entre Ríos, originarios de las aldeas que se instalaron aquí a fines del siglo XIX.

La única diferencia es el origen ruso: mientras sus abuelos vinieron de Ucrania, a orillas del Mar Negro, la mayoría de los colonos que se afincaron en la provincia de Justo José de Urquiza, en 1878, provenían del valle del caudaloso Río Volga.

Miller cultivó un fuerte interés por la historia de sus antepasados. Fue a través de su abuela materna y de sus tías que aprendió el idioma alemán, y en una escuela católica de la colectividad le incentivaron la importancia de conservar la memoria familiar y grupal. Con el propósito de preservar este legado, se ha dedicado a recopilar y documentar todo sobre él.

Actualmente es director y bibliógrafo de la Colección del Patrimonio de los Alemanes de Rusia. Además, está conectado con la Universidad de Dakota del Norte, que abrió un centro de recolección de registros de todo tipo, para salvar la memoria de este grupo étnico.

El estadounidense se ha abocado en su país a realizar documentales fílmicos para rescatar esta memoria. Y como ahora elabora un nuevo trabajo, viajó a la Argentina para contactarse con los descendientes de alemanes-rusos.

Entre Ríos es por estos días el centro de sus operaciones. Estuvo el jueves en Gualeguaychú, donde tomó contacto con miembros de la Asociación de Descendientes de Alemanes del Volga.

Se acercó además a los estudios de Radio Cero, acompañado de Fabián Zubia, un traductor argentino -también descendiente de los alemanes del Volga-, y por Bob Dambach, director de Prairie Public Broadcasting (organismo público de radiodifusión con sede en Fargo, Dakota del Norte).

Gracias a los buenos oficios de Leandro Hildt, miembro de la asociación local de los descendientes alemano-rusos, elDía y Radio Cero realizaron una extensa charla con Miller, ayudados por la pertinente traducción de Zubia.

 

El origen remoto

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¿Cómo se explica la inmigración alemana a Rusia? Según Miller, hay que situarse en la convulsionada Europa del siglo XVII, y en especial en una Alemania atravesada desde antes por guerras y conflictos interminables.

En tierras germánicas, además, se respiraba un ambiente de intolerancia religiosa que hacía difícil la convivencia. Fue en este contexto que se conocieron los atractivos planes colonizadores de la zarina Catalina II de Rusia –ella a su vez alemana de origen-.

La emperatriz rusa ofrecía una serie de privilegios para los inmigrantes alemanes. En esencia podrían conservar su idioma, ejercer su profesión, tendrían libertad religiosa, y algo muy importante: se los eximía de prestar el servicio militar obligatorio.

Se otorgaban tierras en el límite sur de la Rusia europea, que era una geografía recientemente conquistada y estaba por tanto vacía. Fue así que en el año 1763 comenzó la emigración alemana a las llanuras del Volga.

De acuerdo al relato de Miller, después siguió el peregrinar de otros grupos. En 1812, después que el nieto de Catalina conquistara nuevas tierras en la zona del Mar Negro, allí también se instalaron familias alemanas.

Esos fueron los dos asentamientos germanos principales en el antiguo imperio ruso. “Igualmente hubo alemanes en muchas partes de Rusia; incluso en la capital de entonces: San Petersburgo. También está la inmigración de alemanes a Volinia (cerca de la frontera con Polonia), cuyo asentamiento empezó como un goteo poco después de 1800”, refirió el entrevistado.

Es interesante hacer notar que, luego, muchos de estos alemanes de Volinia se asentaron en la provincia argentina de Misiones. Vinieron en ese momento, allá por 1920, con pasaporte polaco.

Los colonos alemanes en Rusia se asentaron siguiendo el modelo de la aldea (un dibujo que después se trasplantó a otros lugares). “Vemos casas agolpadas sobre una calle principal y los campos se extienden detrás de la vivienda de cada uno de los colonos”, grafica Miller.

Además de las casas, los colonos construyeron escuelas e iglesias. Al principio fue una lucha dura y constante para domar una naturaleza que se mostraba hostil. Además, hubo que adaptarse a las condiciones que imponía la nueva situación humana en un país lejano.

Pero las aldeas alemanas, de perfil netamente agrario, que económicamente se autoabastecían, prosperaron y su población se incrementó ostensiblemente. Por cierto que dentro del imperio, había otros grupos humanos (como mogoles y gente de religión musulmana).

Se diría que reinaba una suerte de coexistencia pacífica entre las etnias. Y esa política liberal era propiciada por los gobernantes rusos de entonces. Pero esta coexistencia empezó a resquebrajarse. Según Miller, la prosperidad alemana despertó celo entre los otros grupos.

 

Cambio abrupto del entorno

Las aldeas alemanas no sólo eran autosuficientes desde el punto de vista económico, sino culturalmente. Y esto gracias a la libertad de que gozaba en Rusia, para tener sus propias escuelas e iglesias.

Estas condiciones habían permitido la conservación de su idioma y su cultura. Por lo demás, hay que pensar que los casamientos se hacían dentro de las aldeas.

Después de casi siglo y medio de permanencia en Rusia, la situación de la etnia alemana se modificó. Miller señala que hubo un “cambio de opinión” de las autoridades y de la sociedad rusa.

Hasta ese momento estaba vigente un modelo multicultural en toda Europa. Es decir, no había Estados que tuviesen una etnia prevaleciente, con una única religión y lengua. En su geografía, podían coexistir otros grupos.

“Pero a mediados del siglo XIX hubo una especie de cambio de mentalidad en toda Europa, más afín al nacionalismo”, relató. El zar Alejandro II emprendió así una política de “rusificación”, dirigida a asimilar a las otras etnias que habitaban el imperio.

Fue en este contexto que la autoridad dejó sin efecto las condiciones que hicieron posible en el pasado la estada de los alemanes en Rusia. Se revocó así la esencia del edicto de la zarina Catalina.

Cayó la promesa de eximir a los colonos alemanes y a sus descendientes del servicio militar obligatorio. A la par se los obligó a adoptar y hablar el idioma ruso.

Miller contó que su bisabuelo decidió irse de Rusia en 1873 porque le tocaba el servicio militar ruso y fue así que llegó a Estados Unidos. Los alemanes de Rusia, temieron que la nueva política fuera in crescendo, y entonces se los obligara a cambiar su religión y practicar el rito ortodoxo.

 

América, tierra de libertad

En esa época países como Argentina y Estados Unidos, deseosos de poblar sus fértiles y vastas geografías, tenían una política liberal dirigida a atraer inmigrantes europeos.

“Sus gobiernos hacían propaganda tanto en Ucrania como en Rusia. Era una prédica que consistía en ofrecer libertad y nuevas oportunidades”, recordó el entrevistado.

Los alemanes de Rusia no sólo se mostraban trabajadores. También eran prolíficos. “Las familias se multiplicaban muy rápido. Todas tenían un promedio de 10 hijos”, apuntó.

Hay que apuntar que Argentina estaba en plena expansión capitalista. Terminadas las guerras civiles en el Río de la Plata, la constitución liberal de 1853 promovió el ingreso de capitales y de recursos humanos extranjeros.

Ese texto constitucional declaraba: “Los extranjeros gozan en el territorio de la Confederación de todos los derechos civiles del ciudadano: pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; navegar los ríos y costas: ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas y extraordinarias. Obtienen nacionalización residiendo dos años continuos en la Confederación; pero la autoridad puede acortar este término a favor del que lo solicite (…)”

Cuando los alemanes del Volga llegaron al puerto de Buenos Aires, un contingente fue derivado a la provincia de Entre Ríos, el cual se estableció en la zona de Diamante en el año 1878.

Miller refiere que los alemanes que se quedaron en Rusia, la pasaron mal. Después de la Primera Guerra Mundial, sobrevino la revolución bolchevique. Desde entonces, el gobierno soviético impidió que pudieran salir del país.

En 1941, el Estado comunista suprime el sistema de colonias. “Incluso los alemanes del Volga, que habían logrado constituir una república, la pierden. Después los deportaron a Siberia y a Kazajstán”, contó.

En el Nuevo Mundo, además de Estados Unidos y Argentina, los alemanes de Rusia optaron por Brasil y Uruguay. Algunas familias partieron desde Estados Unidos hacia Canadá.

Después está el caso de los menonitas, una rama del movimiento cristiano anabaptista, originado en el siglo XVI, como expresión radical de la reforma protestante.

Grupos de agricultores menonitas de Prusia (donde se les impusieron en el siglo XVIII severas condiciones para su permanencia), habían emigrado a Ucrania.

A partir del cambio de condiciones en Rusia, que afectó a todos los alemanes étnicos, a partir de 1870 muchos de ellos decidieron ir a vivir a Canadá y Estados Unidos.

En la misma época aparecen registros de menonitas emigrados de Rusia en América del Sur. Fue en Argentina, en 1877, cuando se formó una colonia agrícola cerca de Olavaria, en la provincia de Buenos Aires.

Parte de los menonitas de Rusia que huyeron de la persecución comunista emigraron a Paraguay en 1930.

 

Un pueblo caminante

¿Cuál es el ethos propio de los alemanes de Rusia? ¿Cuál es el rasgo caracterológico dominante de este grupo humano? Miller cree que nada los diferencia de los alemanes de Alemania, salvo una cosa: han debido moverse, peregrinar por distintos lugares, en pos de hallar una vida mejor.

Los alemanes-rusos, por otro lado, se dicen a sí mismos que son un “pueblo en camino”. Y en ese ideal de estar mejor, hay una actitud de no conformarse con situaciones malas o mediocres, y de rechazo a toda resignación.

De hecho donde ellos fueron, se levantaron y prosperaron. El entrevistado cuenta que esto mismo hicieron en Dakota, que era un territorio despoblado e inhóspito cuando llegaron.

¿Qué diferencia existe entre la colectividad que vive en Estados Unidos y la que existe en Argentina? En el país del norte los alemanes-rusos suman cerca de 5 millones de personas. En Argentina se calcula que hay 2,5 millones.

Vistos en proporción, en función de la población global de los dos países (Estados Unidos tiene 300 millones, Argentina 40 millones), Miller cree que en estas pampas debería ser mayor el impacto cultural de la colectividad.

Sin embargo, él estima que los alemanes-rusos de Estados Unidos son más activos. Tienen producción universitaria y mediática de más escala, en orden a preservar y difundir la cultura étnica.

Como sea, cree que aquí en Argentina hay una marcada tendencia a preservar valores tradicionales propios de la colectividad, como la lengua y el folclore. Al tiempo que le llamó la atención el interés de los jóvenes por identificarse y conocer la cultura y la historia de sus ancestros.

Según Miller, las nuevas tecnologías de la comunicación están produciendo un renacer de la colectividad en todo el mundo. Este revival está íntimamente conectado a Internet, donde los descendientes de alemanes-rusos de distintos lugares del planeta, han encontrado un espacio para interactuar y conocerse.

El documental fílmico que él está produciendo, y para el cual está visitando Argentina y Entre Ríos, pretende contribuir a acrecentar y difundir la historia y la cultura de los alemanes de Rusia.

 

Aldeas entrerrianas

En las fértiles tierras del departamento Diamante, el gobierno nacional (encabezado por Nicolás Avellaneda) crea en 1878 la colonia General Alvear, adonde los primeros inmigrantes alemanes-rusos recibieron en concesión tierras para el laboreo.

Según consignan algunos autores, allí alrededor de 400 familias fueron beneficiadas con 20 mil hectáreas, las cuales fueron vendidas al precio de 1,50 peso la hectárea, con tres años de gracia para el pago.

En ese espacio los recién llegados se agruparon conforme a su religión (unos eran católicos y otros protestantes) y pueblo de origen, con la idea de mantener sus tradiciones y cultura.

Así nacen las primeras aldeas que actualmente conservan sus primitivas características: Valle María, Spatzenkutter, Salto, Protestante, San Francisco y Brasilera.

Ante la expansión que verificaron las aldeas, la tierra agrícola se convirtió en un bien escaso. Fue entonces que Pedro Michel, Felipe Huck, Jacobo Bauer y Andrés Müller vinieron a la zona de Pehuajó Norte, departamento Gualeguaychú, y se contactaron con Juan Spangenberg, de origen alemán, que poseía 12.000 hectáreas en la zona.

Allí se proyectó instalar a los nuevos colonos. Se formaron tres grupos, espontáneamente; los Huck fundaron la aldea San Antonio; los Bauer, Schimpf y Reichel, la aldea Santa Celia; y un grupo más nutrido, conformó luego la aldea San Juan.