El Día acompañó a un grupo de estudio local que suele visitar otras ciudades con la intención de explorar espacios que guardan la historia local y nacional. El itinerario incluyó esta vez la ciudad de San Nicolás, donde se firmó en el siglo XIX el pacto preconstitucional más importante de la historia argentina, y la localidad de San Lorenzo, donde se recuerda al Santo de la Espada.

 

Por Marcelo Lorenzo

 

Quienes impulsan este tipo de viajes son los integrantes del proyecto “Rescate del Patrimonio Cultural del Cementerio Norte de la ciudad de Gualeguaychú”, que se desarrolla en conjunto entre el Instituto de Profesorado “Sedes Sapientiae”, a través de un proyecto de Extensión a la Comunidad, y la Municipalidad de Gualeguaychú, a través de la Administración del Cementerio Norte de nuestra ciudad.

Actualmente las estudiantes del profesorado de Historia del Sedes, Noelia Ochoa y Micaela Barrionuevo, conforman este equipo que está coordinado por el profesor Eduardo Ramírez.

Son ellos los que organizan viajes de estudios históricos e intercambio de experiencias en la temática del proyecto, ocasión en la que invitan a docentes y alumnos.

El grupo ya ha recorrido los cementerios de la Chacarita y de la Recoleta (en Capital Federal), al cementerio de La Plata, y los cementerios de “El Salvador” y “De los Disidentes” en Rosario.

El pasado sábado 11 el contingente partió temprano con destino a las ciudades de San Nicolás y San Lorenzo. Además de Ochoa, Barrionuevo y Ramírez, formaron parte de él los profesores de Historia Delia Reynoso, Silvia Razzetto, Cintia Otero, Vanesa Lapalma, Rosana Páez, Gustavo Cichero y Ricardo Romo.

La comitiva se completó con el profesor y arquitecto Marcelo Valiente, los alumnos Ayelén Tolosa y Gabriel Padilla, y como acompañantes: Walter y Uma Insaurralde, Marcelo Gamón y Agustín Silvestre.

 

En pago de los Arroyos

Cuenta la historia que el poblado denominado “Pago de los Arroyos” pasó a tener relevancia allá por el siglo XVIII cuando el Arroyo del Medio se convirtió en el límite entre Santa Fe y Buenos Aires.

Allí, en esa frontera, comenzó a gestarse una nueva población. Fue entonces que en 1748, un visionario, Don Rafael de Aguiar, en tierras heredadas por su esposa Juana Paulina Ugarte, fundó San Nicolás de los Arroyos, según las antiguas leyes españolas.

Aguiar le asignó a la ciudad el nombre del santo del que era devoto, San Nicolás de Bari. Aquí se desarrollaron importantes hechos históricos, políticos, económicos y sociales, cuya memoria recogen monumentos, edificios, galerías y museos. San Nicolás ha estado asociada en la mente de mucha gente con la siderurgia nacional, por la existencia de la famosa fábrica de aceros Somisa.

Pero desde 1983 comenzó a recibir ingentes cantidades de peregrinos a partir del testimonio de una mujer quien asegura haber presenciado la aparición de la Virgen del Rosario el 25 de septiembre de ese año.

“La caída de Somisa en los noventa, después que se privatizara, generó un bajón económico. Pero la ciudad fue protegida por una bendición: con la Virgen María nació un turismo religioso”, comenta Ester Lucía Camarasa, la guía de turismo local que acompañó a la delegación de Gualeguaychú a recorrer los principales lugares de esta ciudad de 150.000 habitantes.

 

Cementerio nicoleño 

Camarasa, que además es museóloga y especialista en archivos históricos, ha hecho un trabajo de investigación sobre el Cementerio Público de San Nicolás, que en 2001 fue declarado “sitio histórico de valor patrimonial”.

Según su relato, durante la época de la colonia el enterramiento público se situó en el sitio fundacional de la ciudad, frente a la plaza principal. Durante un siglo, allí se depositaron los restos mortales de los primeros nicoleños.

El 23 de abril de 1830 el entonces gobernador Juan Manual de Rosas firmó un decreto que puso fin al antiguo enterramiento, por razones de sanidad, y creó el actual Cementerio Público, hoy emplazado en cuatro hectáreas.

El enclave testimonia a su manera el talante de la sociedad nicoleña, sus distintas etnias, sus costumbres religiosas y paganas. Tumbas, panteones, mausoleos y el arte funerario constituyen un reflejo de la historia de San Nicolás.

Entre muchos personajes y nombres de familias ilustres del lugar, resalta el sepulcro de un personaje legendario: Hormiga Negra, cuyo nombre real fue Guillermo Hoyos.

Se trata de un gaucho de vida trágica que fue inmortalizado por el escritor Eduardo Gutiérrez en el libro “Hormiga Negra”, cuya tumba recibe la visita periódica de fieles devotos, al tiempo que es atracción turística.

La tumba es de líneas simples realizada en material de construcción común. Carece de ornamentación. Pero su interés reside en la leyenda que despierta quien yace allí.

Hormiga Negra –un apodo que heredó de su progenitor- nació en 1837. Conocido por su bravura, fue soldado combatiente en Cepeda y Pavón y sus “correrías” despertaron admiración. Fue acusado por un crimen que no cometió, y que le costó varios años de cárcel. Falleció en San Nicolás, en 1918, a la edad de 81 años.

 

Otros sitios históricos

La delegación local, que estuvo además acompañada en todo momento por Claudia Petri (del área de urbanismo de la municipalidad nicoleña), visitó además el Museo y Archivo Histórico Municipal, situado en calle Francia N°187

Inaugurado en 1971, allí hay piezas culturales valiosas, que hacen a la historia, el arte, la educación y la tradición de San Nicolás. Posee además una un archivo gráfico, una diapoteca, una hemeroteca y una bibliografía regional.

Este museo fue creado por el historiador nativo Gregorio Santiago Chervo, ya fallecido, quien lo llamó “Primer Combate Naval Argentino”, porque la ciudad fue el sitio donde la Armada argentina tuvo su bautismo de fuego (la flotilla criolla, que peleó contra las naves españolas, estuvo al mando de Don Juan Bautista Azopardo).

El hijo de Chervo, también de nombre Santiago, es el actual director de los museos municipales de San Nicolás, y quien hizo de anfitrión ante la comitiva gualeguaychuense.

“El museo, que se llamó Primer Combate Naval Argentino, fue fundado por mi padre antes de que yo naciera. Fue un coleccionista toda su vida. Esta casa, que tiene 140 años de existencia, perteneció a la famita Gard, una de las más antiguas de la ciudad. Fue comprada por la municipalidad hace 40 años para instalar aquí el museo”, explicó Chervo.

El directivo acompañó a la delegación a pocas cuadras de allí, donde está la casa más antigua de San Nicolás (calle Francia N°223). En esa construcción con techo a dos aguas vivió José Félix Bogado, un militar paraguayo que tuvo extensa participación en la guerra de la independencia, en la lucha contra los indígenas, y en la guerra civil argentina.

 

La Casa del Acuerdo 

El itinerario cultural e histórico por la ciudad concluyó con la visita a la Casa del Acuerdo, la antigua construcción que albergara en 1853 a los representantes de las provincias argentinas convocadas por el General Justo José de Urquiza, para firmar allí el pacto preconstitucional más importante de la historia argentina.

Esta vieja casona pampeana fue adquirida por el juez de Paz don Pedro Alurralde el 24 de marzo de 1849. Está construida con ladrillos asentados en barro y el patio ofrece su aspecto típico de mitad del siglo pasado, con baldosas coloradas, jazmines, madreselvas y estrellas federales.

El enclave tiene una gran significación. El pacto firmado allí el 31 de mayo de 1852 y ratificado por trece provincias argentinas (con excepción de Buenos Aires), expresó la voluntad de construir un país federal.

Su propósito fue sentar las bases de la organización nacional de Argentina, y sirvió como precedente a la sanción de la Constitución de 1853 (figurando allí genéricamente como “pactos preexistentes”).

El acuerdo ocurrió después de Caseros. La famosa consigna de Urquiza, “ni vencedores ni vencidos”, guió el espíritu de esos provincianos que querían ver al país pacificado, tras largas luchas civiles.

El Museo y Biblioteca de la Casa del Acuerdo de San Nicolás fue fundado el 14 de mayo de 1936 por decreto del Poder Ejecutivo. El 7 de junio de 1957 fue declarado Monumento Histórico.

 

Donde todo recuerda a San Martín

A pocos kilómetros de San Nicolás, pero en territorio santafecino, se erige la ciudad de San Lorenzo, el otro destino de la delegación local. Es el lugar donde San Martín consiguió su primer triunfo militar frente a los españoles.

Recorrer el Complejo Museológico Pino de San Lorenzo, el Museo Conventual San Carlos, y el espacio reservado para recordar esa batalla, frente a las barrancas del río Paraná, es una experiencia emocionante, que deja una profunda huella en el visitante.

Es una cita obligada para aquel interesado en la figura del Santo de la Espada, como se conoce el inspirador de la causa americana. En el Complejo Museológico, de diseño único en su tipo, existe la posibilidad de sumergirse en las vivencias sanmartinianas.

En un espacio controlado con luces y voces, a través de dioramas (modelos tridimensionales), se exponen 19 escenas de la vida y obra del prócer. Se trata de un espectáculo multimedia en el cual el visitante queda virtualmente inmerso en la historia que se cuenta.

Fuera de este entorno, aunque para prolongar la experiencia sanmartiniana, un granadero de carne y hueso interactúa con los visitantes, oportunidad en la que explica la razón de ser de su particular vestimenta militar.

La otra experiencia inolvidable la constituye al convento franciscano de San Carlos, donde el entonces coronel San Martín y sus granaderos aguardaron la llegada de los españoles, para enfrentarlos en heroico combate.

El museo comprende una superficie de 2.000 m² y cuenta con 20 espacios a través de cuyo recorrido se toma contacto con la vida religiosa, misionera y educadora de los padres franciscanos, que llegaron a estas tierras a fines del siglo XVII.

La antigua capilla, el patio y el cementerio conventual, el claustro con sus celdas, el refectorio, las galerías, conforman un conjunto único donde es posible adentrarse al estilo de vida de estos frailes evangelizadores.

A través de una vidriera se aprecia el recinto que albergó al coronel San Martín. Se trata de un ambiente mayor a una celda, donde hay una modesta cama, un arcón, mesa y sillas, una lámpara y útiles de escritorio.

Por último, frente al convento se hallan el Monumento a la Batalla de San Lorenzo y el Campo de la Gloria, un espacio de aproximadamente cuatro manzanas, sobre las barrancas del río Paraná.

 

Cementerios, arquitectura e historia

 

Por arq. Marcelo Valiente

 

En el libro “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, el escritor italiano describe a Eusapia, una ciudad imaginaria que tiene su gemela casi especular en una necrópolis que habla tanto de la Eusapia original que en la memoria se confunde la ciudad de los vivos con la ciudad de los muertos.

De la misma manera, nuestras ciudades de los muertos hablan mucho de la ciudad de los vivos a la que corresponden, de sus vivencias, de sus imaginarios.

Así, el cementerio de la Recoleta se salpica de pequeños palacetes eclécticos cual hijuelos de los que están del otro lado del muro perimetral, mientras el camposanto de La Plata, apenas uno cruza el portal, lo recibe con diagonales y panteones masones como los fundadores de la capital bonaerense.

El de San Nicolás de los Arroyos, fiel a su ciudad madre, conjuga en sus ladrillos la arquitectura de las casas de su centro. Es palpable la influencia de las arquitecturas italiana y española que llegaban de la mano de los inmigrantes de fines de siglo XIX, aderezada  por los gustos franceses en boga en la época.

El de nuestra ciudad no es la excepción: También el trazado habla de la Gualeguaychú viva.

El damero de las manzanas céntricas de Gualeguaychú, se reproduce en las calles de panteones; los suburbios en ‘barrios’ de tumbas y nichos en monoblocks.

Mientras, arquitectónicamente hablando, sus panteones son similares a los de San Nicolás: Un eclecticismo domina, mezclando estilos como la sociedad de su época mezclaba tanos con catalanes.

Junto a los cadáveres, reposan arquitecturas muertas para las modas de hoy, que sobreviven sin riesgo a convertirse en tinglados de vidrio como sus equivalentes del exterior.

Allí están los más viejos desplegando los estilos que revivían la historia antigua:

Los neo góticos con arcos como las catedrales de la Francia medieval o la Sagrada Familia (parroquia frente al Hospital Centenario).

Los neo románicos, sobrios y pesados con portadas que recuerdan a la de la Iglesia Santa Teresita de nuestra ciudad.

Los neo clásicos, vestidos con los órdenes griegos y romanos.

También están las novedades de la primera mitad del siglo XX: el art nouveau con sus sensuales curvas naturales y el art decó con formas geométricas y verticalidad, todos con sus respectivos hermanos en la ciudad de los vivos.

Todos lenguajes que se confunden, y que rara vez aparecen puros.

Por último la modernidad, jugando con volúmenes más simples pero no menos bellos, mientras se despoja de ornamentos.

Como en Eusapia, nuestra ciudad de los muertos refleja la de los vivos pero a diferencia de la urbe fantástica, aquí el reflejo se da lentamente lo que nos permite leer la historia en ella escrita.