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El doble discurso de la clase política quedó patente el martes con la definición del juicio político a Aníbal Ibarra. Mal que les pese, la destitución del Jefe de Gobierno porteño sentará un precedente importante para cada funcionario que se siente y ocupe un cargo de relevancia. Como dijo una legisladora: de los éxitos somos dueños todos, de las derrotas los perejiles.«
La tragedia de Cromagñón podría haberle pasado a cualquier otro Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, es cierto. Pero le pasó a Ibarra y esa es una verdad que no se puede ocultar. Cuando el distrito capital de la Argentina alumbró su nuevo status jurídico, fue el propio Ibarra quién como convencional, incorporó a la flamante constitución porteña la figura del juicio político por mal desempeño. Jamás habrá pensado obviamente que el primero en caer dentro de ese marco sería él mismo.
El espantoso incendio que le costó la vida a 194 personas tuvo, desde el principio, una lectura equivocada por parte del gobierno de la Ciudad Autónoma. En rigor, Ibarra siempre pareció una víctima más de la tragedia, cuando sus responsabilidades debían ser aclaradas y explicadas debidamente. A lo largo del año que sucedió a la masacre, la única estrategia ibarrista fue eludir la responsabilidad y acusar a sus opositores (cada vez más) de armar la clásica ‘conspiración’ destinada a derrocarlo, haciendo un uso demagógico de lo que había pasado.
El gobierno nacional, gracias a quién consiguió la reelección en el 2.003 se mostró zigzagueante. Si bien nunca le soltó la malo del todo, Kirchner siempre estuvo distante de la suerte de su aliado político, tratando de no pagar costos innecesarios ante la virulencia del reclamo de los familiares de los muertos. El epílogo de la historia fue un fiel reflejo de esta actitud: de los tres legisladores del Frente para la Victoria que votaron en la sala juzgadora, uno lo hizo en contra de la destitución, el otro a favor y el último se abstuvo. ¿Qué clase de influencia ejerció entonces el Presidente?. ¿Y su alter ego Alberto Fernández, ‘nuevo cacique’ del peronismo capitalino y de relación estrecha con Vilma Ibarra?.
El voto clave fue el de Helio Rebot y según afirmó él mismo no lo conocía ni siquiera su familia. La actitud del legislador de no escuchar las ‘sugerencias’ y votar a conciencia, pese a correr el riesgo de ser condenado a la soledad del poder, reivindica la política y a los que hacen política. La lógica condenatoria pronunciada por el legislador fue irrefutable. “Ibarra no fue responsable de la muerte pero la responsabilidad política es indelegable. No eran empleados sino socios políticos los que estaban a cargo del control. Cromañón fue el monumento a la vista gorda", sentenció en uno de los párrafos de su discurso final, para luego agregar que “un político debe tener en cuenta las consecuencias de adoptar una decisión. Es el principio de la responsabilidad: nadie en su sano juicio le puede imputar a Aníbal Ibarra haber tirado una bengala. Pero todos tenemos derecho a exigirle que razonablemente tome los mínimos recaudos para que nuestros hijos tengan las vidas aseguradas".
El razonamiento del diputado porteño, fue compartido por la mayoría de los que votaron por la destitución. Es que la magnitud de la tragedia no merecía medias tintas y la actitud de Ibarra en el sensible tema de las inspecciones había sido claramente ineficiente. A su destitución también contribuyó su particular forma de ejercer el poder.
Ibarra, que llegó con la ola aliancista en el ’99 y heredó el Frente Grande después de la huída de ‘Chacho’ Alvarez, se mostró incapaz de mantener aquella estructura. Y si no hubiera sido por Kirchner, tampoco podría haberle ganado a Macri en el 2.003. Pero en lugar de corregir los errores, se empecinó, y siguió recorriendo los mismos caminos. El resultado fue el del martes: de los 15 legisladores sólo dos le respondieron por lealtad partidaria. Demasiado poco para quién dice haber hecho una gestión brillante y que en algún momento tuvo el sueño de ser presidente. Encima la estrategia de cara al juicio político también fue equivocada. Argumentar el ‘golpe institucional’ pudo servir para granjearle la simpatía popular, pero cada legislador que le votó en contra refutó ese argumento con no poco enojo. Al fin el propio Ibarra fue uno de los promotores de esa institución destinada a ‘sanear’ la política de los malos políticos.
El ex fiscal no es el único que piensa de esa manera. En buena parte de la dirigencia habita un doble discurso grosero a la hora de asumir las responsabilidades. En todos los juicios políticos celebrados hasta ahora se cae de maduro que el ‘denunciado’ se pone en víctima, acusando de complot a sus enemigos. Ibarra, tristemente, no podía ser la excepción reflejando al fin los anticuerpos que la corporación política elabora cuando supone que la piensan agredir. El detalle es que la pretendida ‘agresora’ suele ser la sociedad que no sabe cómo sacarse de encima a gobernantes corruptos e ineficientes.
Una rápida lectura de los 10 votos que destituyeron a Ibarra, deja claramente reflejado que las coincidencias abarcaron al ARI, RECREAR, Compromiso para el Cambio, el Frente para la Victoria, una ex Franja Morada como Florencia Polimeni y hasta al zamorista Romagnoli. Semejante confluencia no fue ideológica, ni lo podría ser, sino una consecuencia directa de las groseras fallas que cometió el gobierno porteño en las áreas relacionadas a la tragedia. Desde ahora aquellos que aspiren a un cargo de relevancia, deberán saber que las responsabilidades cuentan. Que ya no es posible escudarse en las segundas o terceras líneas y que ante semejante desastre, hay que rendir cuentas.
El martes los vilipendiados legisladores porteños dieron un ejemplo, incluso abstrayéndose de lo que aparentemente escupían las encuestas, esos altares modernos en los que suelen navegar los actos de los políticos. Ojalá sea el primer capítulo de una novela diferente.
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