Una Fe que nos hace familia

Suele suceder que cuando decimos “Iglesia”, lo primero que se nos viene a la cabeza es la imagen de un templo con una torre, un campanario. Sin embargo, es mucho más que un edificio por más bonito que sea.


Monseñor Jorge Lozano*

Especial

 

También podemos caer en el error de confundir la Iglesia con un club, al cual uno se asocia, paga una cuota y tiene derecho a que le brinden algunos servicios, pudiéndose borrar cuando se quiera, o permanecer unido debido a la pasión —sin explicaciones— por la camiseta.

En realidad, a la Iglesia pertenecemos porque Jesús nos eligió. Sí, Él nos elige para ser familia suya por medio del Bautismo. En el mismo momento en que nos hacemos hijos de Dios, nos convertimos en hermanos de los demás cristianos.

Y, como en toda familia, nos reunimos para compartir la mesa, la vida.

Nos alegramos y sufrimos con la Iglesia. Somos Iglesia. A ella pertenecemos.

Para sentir con la Iglesia (distinto a la pasión por la camiseta) necesitamos la fe, que es un don de Dios, y una espiritualidad que fortalezca nuestra unidad.

El Beato Juan Pablo II, al concluir el Gran Jubileo del año 2000, nos regaló un hermoso documento que se llamó Novo Millennio Ineunte que significa “al inicio del nuevo milenio”. Allí nos enseñaba que necesitamos de una “espiritualidad de comunión”, sin la cual todo corre el riesgo de volverse “funcional”.

Él insistía en que, “antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión”. Y nos advertía también que “no nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”. (Nmi 43)

La espiritualidad de comunión nos lleva a compartir la fe con otros. Por eso también necesitamos estructuras que nos ayuden a plasmar la espiritualidad en experiencia concreta y “se deben valorar cada vez más los organismos de participación” (Nmi). La pertenencia a una comunidad concreta hace que se visualice que somos familia de Dios. Y por ese motivo tenemos Templos que son las casas de la familia de los hijos de Dios, la Iglesia.

Hoy se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento del Cardenal Eduardo Francisco Pironio. Él fue un hombre de fe. Buen Pastor. Preocupado por servir a su Pueblo, le tocó estar en muchos lugares. Siempre predicó sobre la esperanza, aun en tiempos difíciles; sobre la alegría y la vida que brotan de la cruz pascual del Señor Jesús.

Sufrió y mucho la incomprensión de algunos que, aun en el seno de la misma Iglesia, le calumniaron y siempre buscaron poner obstáculos en su camino. También una dolorosa y larga enfermedad que asumió como participación en la cruz del Señor, ofreciendo sus sufrimientos por la Iglesia.

Se dejó amar a fondo por Jesús. Vivió en espíritu de oración y experiencia de encuentro con Dios. Valoró en mucho la amistad. Amó a la Virgen, a quien contó como madre fiel. Él nos enseñó con su propio testimonio el profundo amor a la Iglesia.

En 1975 escribió: “La Iglesia de la pascua no es precisamente una Iglesia triunfalista o del poder. Todo lo contrario. Una Iglesia pascual es ante todo una Iglesia del anonadamiento y la crucifixión, la pobreza, la persecución y la muerte. La Iglesia de la esperanza y la alegría. Pero en la profundidad verdadera que da la cruz y el silencio”.

Recemos por su pronta Beatificación.

Pertenecer a la Iglesia es un regalo hermoso que Dios nos hace. Pero también implica a veces sufrimiento o pruebas difíciles. De esto les cuento algo más el domingo que viene.

 

* Obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>